Monster: The Ed Gein Story revela el mayor problema del género “true crime”
La nueva entrega de la serie Monster de Ryan Murphy en Netflix, titulada Monster: The Ed Gein Story, vuelve a poner en el centro a un asesino real. En esta ocasión, la historia se enfoca en Ed Gein, el asesino y profanador de tumbas que inspiró a icónicos villanos del cine como Leatherface (The Texas Chainsaw Massacre) y Hannibal Lecter (The Silence of the Lambs).
Al igual que las temporadas dedicadas a Jeffrey Dahmer y los hermanos Menéndez, la serie ha sido un éxito rotundo en la plataforma. Sin embargo, este fenómeno vuelve a encender un debate incómodo: ¿por qué el público sigue tan fascinado con los asesinos en serie?

Según la reseña de Collider, el mayor problema de Monster: The Ed Gein Story es su intento por humanizar al asesino, interpretado por Charlie Hunnam. La serie lo muestra como un hombre ingenuo y víctima de su entorno —una madre abusiva y religiosa (Laurie Metcalf) y una novia obsesionada con la muerte (Suzanna Son)—, en lugar de presentarlo como el criminal despiadado que fue.
Para construir esa narrativa, la historia juega libremente con los hechos reales. Por ejemplo, retrata a Adeline Watkins como el gran amor y cómplice de Gein, cuando en la vida real apenas se conocieron. También inventa escenas absurdas, como la idea de que Gein ayudó al FBI a capturar a Ted Bundy, en un intento de darle una especie de redención.
Pese a estas críticas, la serie se mantiene entre las más vistas de Netflix. Lo preocupante no es solo el éxito de una historia llena de licencias creativas, sino el patrón que confirma: el público sigue obsesionado con conocer a los asesinos, incluso más que a sus víctimas.
El problema de fondo va más allá del público: Hollywood sigue buscando hacer que los asesinos sean “interesantes”. Ryan Murphy no es el único. Casos como el de Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile —donde Zac Efron interpretó a Ted Bundy— repiten la misma fórmula: convertir a un criminal en un personaje carismático o “maldito”, casi digno de admiración.
Mientras tanto, las víctimas rara vez son el foco. A menos que se trate de casos mediáticos, como los de JonBenét Ramsey o Laci Peterson, las historias suelen centrarse en los criminales. El discurso de “honrar a las víctimas” muchas veces se queda en palabras vacías.

No todo está perdido. Algunos proyectos recientes comienzan a romper con esa tendencia.
Un ejemplo es Devil in Disguise: John Wayne Gacy, una serie de Peacock que cuenta la historia del famoso asesino desde una perspectiva distinta. Aunque muestra a Michael Chernus como Gacy y explora sus motivaciones, nunca se glorifica la violencia ni se muestran los asesinatos.
Cada episodio lleva el nombre de una de sus víctimas y se enfoca en su vida antes de cruzarse con el asesino, dándoles protagonismo y humanidad. Lo más esperanzador es que esta propuesta también ha sido muy bien recibida por el público, demostrando que es posible cambiar el enfoque sin perder el interés.
Si más producciones siguen este camino, el género “true crime” podría evolucionar hacia algo más ético y empático: contar las historias de quienes sufrieron, no solo las de quienes hicieron sufrir.
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